Las estrellas, se reflejaban como pequeños diamantes sobre las tranquilas aguas, que a esas horas permanecían bajo el Ponte Ruga Bella. Solo una luz se vislumbraba en aquella calle angosta. La calle Tintor, aparecía de esa manera menos oscura de lo habitual, bañada por la luna. La figura, envuelta en la capa, apenas hacia ruido al desplazarse. En uno de los pasillos de la calle, semioculta por una amplia madreselva, el furtivo encontró lo que buscaba. Comprobó, que nadie lo había seguido y trepo por la escala de cuerda, hasta una pequeña ventana.

¡Lo había conseguido! La estancia permanecía oscura salvo por la danzante luz que llegaba por debajo de la puerta. Con sigilo la abrió. La lámpara, iluminaba suavemente el corredor y la escalera. Sus pasos, sigilosos como los de un gato, avanzaban hasta llegar a una puerta blanca, sabía perfectamente que aquella era la alcoba al ser la única que estaba encajada.

La luz de la luna acariciaba cada rincón de la habitación que ofrecía a los ojos una hermosa escena. El cuerpo desnudo de la mujer, descansaba apaciblemente entre las sabanas. La capa se deslizo por los hombros hasta caer al suelo. Se descalzo y se acerco al lecho. Las nalgas, se ofrecían como un precioso melocotón, suave y aterciopeladas. El amante, no pudo resistirse y las beso. Primero con un suave ósculo y después con la lengua que recorrió hasta llegar al hueso coxis. El gemido de la muchacha, denotaba la impaciencia en la espera. Sus ojos, verdes como esmeraldas miraron como los labios subían por su cuerpo señalando con pequeños besos su ascensión.

- ¡Giacomo! – exclamo la mujer

- ¡Graciela! – y los dos se fundieron en un beso

- ¡Maese Casanova, mmmmmm!

Los labios, habían sellado de nuevo los de la mujer, acariciándose las lenguas suavemente. Luego bajaron por su cuello y se centraron en los pechos. Ella le agarro de los cabellos, ansiaba que aquel hombre no se desprendiera de ella. El amante, la beso por todo el cuerpo, se sintió completamente devorada por un incansable y hambriento ser. El calor pasional, que la embargaba, nacía desde sus entrañas. No recordaba que su marido, al cual se le tenía fama de gran seductor y amante, la hubiese producido esa sensación de placer que le estaba ofreciendo Casanova.

¿Qué era aquello, que la consumía y no sentía con su esposo? Acaso, el saber que aquella noche, se estaba entregando a otro hombre, un hombre de sutil gentileza y de palabras abrumadoras. Aquel ser, que bien parecía una ángel y que ahora en la semioscuridad de su alcoba, lejos de los mercados venecianos y de los comentarios entre las señoras, a las cual su amante también había visitado en alguna ocasión, se le asemejaba como un demonio ávido de pecado carnal . Tanto en unos y otro caso, la fama de aquel, que estaba aferrado ahora a su sexo, aquel hombre que la estaba haciendo estremecer se quedaba en aguas de borrajas. Era mil veces mejor, sabia como y donde, para que cada beso fuera una pincelada de placer. Ella era el lienzo, como Capilla Sixtina y el gran maestro Buonarroti, estuviese deleitándose en crear su obra.

El amante la alzo y se encontró cerca de sus labios otra vez, sus besos ahora sabían a ella y se deleito con su sabor.

Los fuertes brazos de su amante, la guiaban por los senderos más inexplorados para ella, que se encontró besando las nalgas de aquel hombre, sabía que eso lo hacía enloquecer y precisamente era lo que quería conseguir, enloquecerlo para que tomase posesión de su interior salvajemente, como la habían contado en la intimidad sus amigas, cuando tomaban café. Y así fue. Casanova se dejo llevar, por los labios de la mujer, que besaban y lamian su culo y escroto. Acomodándose y dejándola hacer. Se imagino que cara pondría Monsieur Lamperti, si viera como lascivamente su querida mujer, le devoraba el ano a Giacomo Casanova. Se imagino llamando a los inquisidores y a la guardia, se sonrió. Seguramente, tendría que volver a saltar de tejado en tejado, para despistarlos. Pero sus pensamientos se centraron en la hermosa mujer de nuevo, cuando ella a la vez que jugaba con su pene, frotaba su sexo por la pierna de su amante. Estaba ardiente y Casanova sabía como apagar tal furor. La tomo entre sus brazos, la alzo poniéndose de pie, después de abrazarla contra su pecho mientras que se fundían en un beso cogiéndola en peso y así la poseyó.

La luz del sol, inundo la estancia. Graciela Lamperti, despertó y busco a su amante, mas solo encontró una rosa blanca al lado de su lecho. La cogió suavemente entre sus dedos y la beso.

Besos para ellas y saludos para ellos

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